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Regalar respeto

Si en el artículo anterior hablaba de la buena educación, algo tan elemental que puede precisar muchos parámetros de cómo funciona una sociedad, hoy quisiera adentrarme en el respeto que se ha de tener no sólo para con los demás sino con uno mismo.

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Parto de un planteamiento muy simple recurriendo a palabras de Fernando Savater en su libro Ética para Amador: “(…) el vínculo de respeto y amistad con los otros humanos es lo más precioso del mundo para mí, que también lo soy, cuando me las vea con ellos debo tener principal interés en resguardarlo y hasta mimarlo, si me apuras un poco. Y ni siquiera a la hora de salvar el pellejo es aconsejable que olvide por completo esta prioridad”.

La palabra respeto (respectus) en latín significa atención o consideración. El respeto es un valor que nos permite, ante todo, reconocer las cualidades y los derechos de los demás para aceptar y apreciar en ellos dichas prerrogativas. Si buscamos sinónimos del verbo "respetar" veremos que nos muestra una cara cargada de cierta sumisión cuando nos da variables como "rendimiento", "sometimiento", "acatamiento" u "obediencia".

La otra cara, a la que me quiero referir y que considero más positiva, habla de "consideración", "cortesía", "deferencia", "admiración", "aprecio". Una persona podrá estar mutilada emotivamente si sólo se le enseña esa cara negativa, obviando o despreciando la positiva. Indudablemente, el lado más opuesto estaría en mostrar actitudes de insolencia, grosería, mofa que pueden rayar en el desprecio y en el atropello de los demás.

Quien no se respeta a sí mismo no será nunca capaz de respetar a los demás. El respeto se inculca desde muy temprana edad y en el ámbito de la familia. El respeto es algo así como el componente básico para tener una buena salud familiar y sobre todo personal. El respeto se socava, se destruye si adoptamos actitudes de violencia, humillación o de ofensas, porque con este tipo de conducta dejamos de respetar nuestra propia dignidad.

El respeto conlleva aparejada una disposición abierta de tolerancia, aceptación del otro tal como es y no como yo quisiera que fuera, lo que se revierte en una gran capacidad de escucha receptiva y de generosidad productiva que es lo contrario de buenas palabras, las vuelan nada más pronunciarlas. En este caso habría que decir alto y claro que “obras son amores y no buenas razones” porque de palabras y buenas intenciones, que se las lleva el viento, está el universo lleno.

Prueba clara de manifestación de respeto sería decir las cosas educadamente, sin herir, sin violentar o insultar a nadie. La educación en este valor germina cuando con valentía tratamos a nuestros hijos correctamente, de la misma manera que esperamos que ellos se dirijan tanto a nosotros como a los demás.



Creo que hemos hecho dejación de nuestras obligaciones más elementales de educación al no transmitir a los más jóvenes que hay acciones, actitudes y hasta modas en nuestro comportamiento diario que quebrantan una convivencia razonable con los demás.

Por ejemplo, desde esa música que suena a tope en casa, en el coche o en lugares de ocio, hasta esa grosera chulería de la que podemos hacer gala cuando requerimos la presencia del camarero o camarera en un bar, pasando por un menosprecio –falta de aprecio- a esa persona mayor al no cederle la acera o el asiento en el transporte público, hay en el entorno muchas señales que dicen poco en nuestro favor.

Quiero pensar que –sin querer (¿!?)-, somos culpables de no haber habituado a nuestros retoños a comportarse debidamente en público, ya sea en una cafetería, en la consulta médica o en un centro comercial porque no nos tacharan de déspotas autoritarios. Pero la realidad es que no es de recibo tocarlo todo en el supermercado o tirarlo, tampoco lo es molestar a los que están cerca, berrear o simplemente armar jaleo porque esa es su forma de divertirse y para colmo de males nadie les ha dicho que eso no está bien.

Un sujeto, sea mayor o menor, será respetuoso si en su entorno mama comportamientos respetuosos entre el padre y la madre y el resto de miembros de la familia y ello le dará cancha para entender que es así como se trata a las personas; si interioriza que hay unos límites que no se deben traspasar en el día a día y que en caso de transgredirlos se le ha de llamar al orden por los padres, en la escuela o en sociedad; si es capaz de disculparse ante un tipo de comportamiento incívico e incorrecto porque esa será señal inequívoca de que ha entendido que lo hizo mal.



Por supuesto, obrar bien debe tener su gratificación psicológica –eso se le transmite con cada acto bien realizado- o su castigo. No hablo de violencia física y sí de rectificación, asumiendo consecuencias por un tipo de conducta inadecuada. Huir del chantaje emocional como de la lepra es de suma importancia dado que la extorsión llenará de indeseables pústulas su conciencia social.

Si se educa en esta línea, el sujeto tomará ejemplo de sus progenitores convertidos en modelos, irá asumiendo que, como sujeto activo, sus actos buenos o malos repercuten en los demás y de rebote en él mismo; asumirá que cada persona es portadora de valores elementales que le dan la clave de su dignidad sean del color, raza, ideología, religión que sean, siempre que dichos seres se mantengan dentro de las pautas que proclaman y defienden unos Derechos Humanos admitidos y compartidos por una mayoría.

Tenemos razones para estar “cabreados” con los políticos –con unos más que con otros- para salir a la calle gritando nuestro enfado por el paro, la economía, la tele, los ERE; por supuesto con el Gobierno que parece está dispuesto a hundirnos en la miseria si no lo remedia un milagro –personalmente no creo en “papá noeles”, magos ni chamanes de ningún tipo-.

La perorata que yo pueda esgrimir sería larga, hiriente como las cuchillas de la frontera melillense y desde luego no terminaría de estar completa desde el punto de vista individual de cada “quisqui”, puesto que cada cual calzamos un número distinto de zapatos, afortunadamente. Sin embargo, tengo una pregunta siempre en la punta de la lengua y a la que no encuentro respuesta. Pregunta que estalla como una granada en un sinfín de hirientes interrogantes.

Como dicen los más modernos –lo de “modernos” es por el “vale”-, vale que estamos muy puteados, vale que la frustración y el desastre socio-político-laboral no lo remedia ni un galgo, vale que esto se pasa de castaño oscuro…; y no sigo dando la matraca para no pecar de cansino.

Las preguntas que se me plantean son muy simples y me rondan desde hace algún tiempo. ¿Por qué nos hemos vuelto tan agresivos? ¿Por qué hemos sustituido las buenas maneras por un desprecio total a los demás? ¿Por qué ha aumentado la mala educación, tanto a nivel cívico como personal?

Estar cabreado no significa ni implica, necesariamente, agresividad, falta de respeto, de consideración, de amabilidad con los otros. Posiblemente, algún lector esté pensando, al leer estas líneas, que no es posible estar “cabreado” y ser educado. ¿Seguro?

Sintetizo brevemente todo lo anterior en unas reflexiones que creo básicas. La sociedad es como un campo de fuerzas en el que debe existir un equilibrio. Lo que uno pretende y hace no puede poner en peligro ese equilibrio. Si cada uno actúa como le viene en gana, sin tener en cuenta a los demás, difícilmente se podrá convivir. Por ejemplo, en la pareja, si uno trata de subyugar al otro, malamente podrán entenderse. Si en grupo unos quieren imponer las reglas a los otros, seguro que terminan rompiendo la baraja de mala manera.



La sociedad funciona sobre la base del respeto. Respeto a los demás, a unos principios, valores y normas básicas sin las cuales no es posible la convivencia. No siempre puedo hacer lo que me venga en gana y a veces hay acciones que no me gustan demasiado y debo hacerlas. Por eso, para el ser humano, vivir es convivir, y convivir exige respeto.

Si lo pensamos bien, el respeto no es más que un juego entre derechos y obligaciones. Derechos y obligaciones son como las dos caras de una moneda. Mis derechos, lo que yo puedo exigir a los demás, se convierten en obligaciones para con ellos. Si yo puedo pedir a los demás que me traten con educación, tengo que tratarlos del mismo modo.

Dice José Antonio Marina en su libro La inteligencia fracasada: “la inteligencia fracasa cuando es incapaz de ajustarse a la realidad, de comprender lo que pasa o lo que nos pasa, de solucionar los problemas afectivos o sociales y políticos”. Algo más adelante añade: “una persona muy inteligente malogra su vida por un comportamiento muy estúpido”.

PEPE CANTILLO