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Feliz Navidad, Javier

Sería un día como hoy de hace ya unos años –cinco o seis, no recuerdo bien-. Estábamos citados en Sevilla para una reunión del Consejo Asesor del Partido Popular de Andalucía al que, en su día, me invitó a participar Javier Arenas, una vez pasados tres o cuatro años de hacerme abandonar la presidencia del partido en Córdoba, en mayo del 2002.

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Recuerdo que a aquella reunión no asistiría Arenas pero, al bajar unas escaleras hacia la sala, me lo crucé y, al hilo del saludo, me dijo: “Ah, y que sepas que he dado orden para que te envíen a tu casa una caja de mantecados con mi felicitación navideña”. Se lo agradecí y me introduje en la sesión.

Pasaron los días y nunca recibí aquella caja de mantecados que, al margen del valor económico que pudieran tener, para mí –y digo "para mí"- sí que tenía un valor sentimental porque, de alguna forma, hubiera venido a representar la vuelta a una relación de amigos y de partido que nunca –y digo bien: "nunca"- debiera haberse roto.

Pensé que, tal vez, la orden dada no hubiese sido debidamente cumplimentada por la intendencia del partido. Sin embargo, no pude abstraerme de pensar que, una vez más, Javier, en su afán por quedar bien con todo el mundo, volvía a caer en el error de ir generando frustraciones a su alrededor que, con el tiempo, han logrado desdibujar la figura de un político que –lo he dicho en más de una ocasión- pudiera haber optado a todo y ha podido quedar como un singular y destacado “fontanero de partido” o “barón”, teniendo en cuenta el dominio que ha mantenido durante años sobre la militancia andaluza.

Les digo esto porque leía hace unos días un artículo del periodista Raúl del Pozo, titulado Luciérnagas, en el que se comentaba que ante la boda del hijo de Juan Ignacio Zoido, el contrayente le dijo a su padre: “Si viene Javier Arenas, no me caso”. Dice que Arenas no fue invitado, sino que horas antes de la ceremonia, el ex presidente regional del PP se autoinvitó, generando el disgusto de la familia.

Y de verdad que no entiendo cómo se ha podido llegar a esto. Qué tipo de circunstancias se han debido dar en el seno del PP-A para que quien en su día fuera designado sucesor de Arenas por el propio Arenas muestre una animadversión tal hacia su precursor.

No comprendo –o sí llego a comprender- por qué en el momento actual, la derecha andaluza carece de liderazgo, viéndose sometida a un extraño baile de supuestos que daña, aún más si cabe, las escasas posibilidades electorales que ante una izquierda reunificada se presentan.

Porque Zoido, reconocido magistrado y seguro que excelente alcalde de Sevilla, nunca debiera haber sido elegido para hacerse cargo del duro trabajo que a pie de pueblo le corresponde a un presidente regional. ¿Por qué aquella designación?

Y a partir de ahí, esa lucha soterrada que parecen mantener María Dolores de Cospedal y Javier Arenas por el control de Andalucía, que no sé quién terminará ganando, pero que sí que ha llevado al vergonzoso espectáculo de muchos pupilos de Arenas –nacidos de su escuela y colocados por su dedo- renegando de su mentor para garantizarse el favor de la actual secretaria general.

Una sarta de despropósitos que debieran resolver abriendo el partido, permitiendo que los malos olores que dentro de él deben respirarse tengan salida por las puertas y ventanas y convocando a la militancia a una consulta libre. Que tiene sus riesgos, es cierto, pero que legitimaría el futuro de lo que entre todos queramos hacer.

Siento que el periplo de Javier Arenas –ese trabajo diario, pueblo a pueblo; ese reconocer a todos y cada uno de los militantes por su nombre; esa capacidad para entregar su tiempo al partido; esa memoria prodigiosa y esos grandes valores políticos que ha dejado eclipsar por otros de inferior categoría- acabe así, con un partido sin rumbo definido y en el que todos los tripulantes se preguntan quién será el capitán de la nave.

Lo siento porque siempre lo he admirado. Putadas aparte y al margen de que no me llegara aquella caja de mantecados. Feliz Navidad, Javier.

ENRIQUE BELLIDO