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El periodista rebelde

Hubo un tiempo en que el periodismo estuvo marcado por la incierta fascinación del mito. Un oficio para bohemios, escritores sin éxito, buscavidas, vendedores de humo. Tan vago y mestizo que no valía ni la categoría de profesión. Una etapa más en la larga, y a veces eterna, evolución del artista.

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Un cóctel imposible de temperamento, audacia y talento literario demasiado sugestivo como para claudicar ante la auténtica realidad. Una realidad, la de las redacciones, que finalmente le ha ganado la partida al mito. Ya nadie sueña con ser periodista, o al menos con ser esa clase de periodista, pues el periodismo ha perdido hasta la quimérica identidad que lo definió como “el mejor oficio del mundo”.

Y no se debe exclusivamente al incesante cierre de periódicos, emisoras de radio o canales de televisión. Ni si quiera a un proceso de precarización laboral que cierne la espada de Damocles sobre los cabizbajos profesionales que aún conservan su empleo por un azar del destino.

Es necesario cavar más hondo hasta llegar al estrato donde se aloja la autocrítica, hábito soterrado por muchos, para comenzar a dar respuesta a preguntas como por qué la credibilidad de los periodistas entre los ciudadanos es incluso inferior a la suscitada por los políticos, o por qué razón las audiencias están abandonando paulatinamente los grandes medios de comunicación para migrar a nuevos canales informativos no profesionales.

Sólo así, rascando en esa fachada revestida de victimismo y soberbia tras la que se atrincheran algunos periodistas, se llegará a la conclusión de que quizás se está haciendo algo mal, que no se está cumpliendo con la función que a priori debe regir el ejercicio profesional, ya sea por omisión, presiones externas o injerencias directas, y, como consecuencia, la supervivencia del periodismo sea cada vez más un asunto al que prestar la atención que merece. Una supervivencia, además, que no quitará el sueño a políticos ni empresarios, sino a aquellos periodistas cuyas familias dependen del empleo para subsistir.

Así se ha demostrado con el cierre de la Radio Televisión Valenciana. Tras dos décadas de servicio al Partido Popular, ha sido su presidente el encargado de decretar su defunción, puesto que había que elegir entre salvar a una cadena pública deficitaria o mantener el funcionamiento de escuelas y hospitales (sic).

Si a ello añadimos que la cadena tenía una cuota media de pantalla del 3 por ciento, por lo que el arma de manipulación masiva utilizada durante años ya no es tan masiva, la desvergonzada ponderación es más fácil aún. Al fin y al cabo, los partidos políticos actúan como parásitos, extraen lo que les interesa del otro organismo, hasta que este no es más que una reminiscencia de lo que un día fue. El Canal Nou ya no lo veía nadie, porque allí no se hacía periodismo.

Coincidiendo con la clausura de la Radio Televisión Valenciana, el decano de la prensa andaluza afrontaba su particular momento crítico. Tras años de pérdidas constantes de lectores y recortes laborales, El Correo de Andalucía fue vendido hace unas semanas por el Grupo Gallardo a un euro (sí, un euro: no es un error tipográfico) en una dudosa operación que ha sembrado la incertidumbre entre los trabajadores que permanecen en plantilla.

Como en el caso anterior, la cabecera ha perdido el interés de su propietario a medida que la deuda aumentaba y su poder de influencia entre la ciudadanía sevillana era más residual. Alfonso Gallardo, magnate extremeño de la siderurgia, compró el periódico en 2007 como arma de propaganda en favor de sus proyectos en la región, entre ellos, la construcción de un oleducto que uniera Huelva y Badajoz previo paso del parque nacional de Doñana.

A pesar del apoyo explícito de socialistas ilustres como Felipe González, Rodríguez Ibarra o Manuel Chaves, el proyecto parece haber caído en el olvido ante la oposición de Izquierda Unida, por lo que a Gallardo no le importa lo más mínimo la suerte de El Correo ni la de sus trabajadores.

Y entonces llegaron las protestas. Los periodistas se han adaptado con facilidad a un entorno precario en el que cada vez cobran menos, trabajan más y acatan con muda resignación que los de arriba les digan cómo tienen que ejercer el periodismo; qué palabras utilizar, qué asuntos eludir, qué intereses defender. El precio que deben pagar para sobrevivir.

La ciudadanía es un mero daño colateral en un sistema en el que el periodista se disfraza de soldado a cambio de un sueldo. Hasta que deja de percibirlo y se rebela. No lo hace antes, cuando la injusticia se muestra ante sus ojos, cuando manipula y contamina a sabiendas, cuando se mancha las manos con la mierda de otros.

Hay que aguantar, aunque despidan a compañeros y sientas el alivio del indultado, aunque no respetes ni el propio trabajo; aunque sepas que algún día todo terminará porque la sociedad no es tan idiota como parece.

La rebeldía, como escribió Camus, es la vía de escape del ser humano ante la insufrible certeza del absurdo de la vida. No puede ser la invocación desesperada de los que aceptaron las reglas del juego hasta que fueron engullidos por ellas.

Por coherencia personal y colectiva, todos esos periodistas que sirvieron con más o menos convencimiento a los intereses de sus patrones, anteponiéndolos a los derechos y necesidades de la ciudadanía, deberían acatar su realidad con resignación, sin aspavientos ni represalias. Cuando una guerra se pierde, cada uno regresa a su casa, con la conciencia a cuestas y los bolsillos vacíos.

JESÚS C. ÁLVAREZ
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