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15 de septiembre de 2012

  • 15.9.12
Sorpresivamente, llegado un buen día, escuchas el incesante impacto de ruedas de plástico contra el suelo. El murmullo incesante de un gentío cuantioso. Las inquebrantables quejas y suplicios por el aumento del capital invertido. Pero, sobre todo y ante todo, los penetrantes llantos de centenares de infantes indignados. Todo esto previamente a que levantes las persianas y haya dado comienzo el nuevo día. No hay duda, es justo el momento. Ha llegado “la vuelta al cole”. Lo hace para quedarse otros nueve meses.

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Los menores deberán alternar de ahora en adelante múltiples tareas. Actividades en numerosas ocasiones impuestas por sus tutores, los cuales realizan un tutelaje cuando menos paupérrimo e intentan suplir esta deficiencia con “cositas para que el niño se distraiga”.

La escuela, los consecuentes deberes, las clases particulares, la natación, el fútbol, las clases de piano, esgrima, alfarería, talleres de bingo… El mundo es un abanico de posibilidades para el irresponsable padre.

Lo cierto es que elegidas o no por la criatura, se acaba saturando su tiempo vital hasta límites preocupantes. ¿Dónde queda, pues, el rincón para el ocio? ¿Qué pasó con los amigos en el parque, la comba o la consola?

En el caso de los dos primeros ejemplos, los padres pueden hablar de una pérdida de tiempo considerable, el cual debería ser invertido en los estudios. Irónico cuando el niño, al sumar las horas libres que le han dejado las actividades extraescolares, supera a duras penas los 60 minutos. Mejor va a resultar entonces no tentar la suerte. Por el bien del hijo, que no se le ocurra acercarse a la maquinita o será enterrado vivo.

Rompiendo una lanza a favor de los videojuegos, habría que dejar bien claro que circula en torno a su existencia cientos de leyendas urbanas, a cada cual más inverosímil que la anterior. Lógico: a fin de cuentas, el ser humano tiende a denostar y sepultar todo aquello que le resulta desconocido, por temor a que le pueda herir o trastornar.

Agresividad extrema, ceguera, autismo, trastornos en los hábitos de vida, sobrepeso... Así podríamos ir acrecentando el listado y ocupar todo el espacio destinado al texto, lo cual carece de sentido pues todos sabemos, en mayor o menor medida, de lo que aquí se está hablando.

Los estudios en el ámbito de la electrónica en general aún escasean lo suficiente como para que estos mitos no logren disiparse. Hablamos del mundo en general, de esta nuestra España mejor darle de comer aparte.

Fue tremendamente emotivo aquel detalle que tuvo Rubalcaba para con los jugadores. Aquel instante en el que propuso insertar los videojuegos dentro del Plan Nacional sobre Drogas. ¡Cuántos españoles drogadictos sin conocer su grave estado!

Es por ello por lo que no podemos hablar, no con una fiabilidad absorbente, de estudios concluyentes. Deberán ser creídos como un dogma de fe, más que de cualquier otro modo. Semejante contexto se debe a que si un análisis o estadística dicen que aumenta la violencia en los jugadores, a los pocos meses la rebate otro que asegura que estos son más mansos al desterrar su cólera en los botones.

No obstante, es de justicia comentar que los estudios que favorecen a los videojuegos son cada vez más numerosos. Así, además, dentro de cada investigación se pone de manifiesto un mayor número de ventajas a la hora de observar a los sujetos jugadores.

Todo lo anterior queda tremendamente bello en el papel. Sin embargo, de venir cualquier persona que no entendiera lo más mínimo sobre el asunto que nos traemos entre manos acudiría a la omnipotente y omnisciente lógica que tanto escasea en el mundo de un tiempo para acá.

Basta con comprobar los requisitos necesarios para avanzar en ciertos juegos para comprobar, con cara de asombro, cómo aquello no puede hacer más que bien. Se puede cuestionar que Call of Duty proporcione dosis de violencia a los más pequeños. Es innegable que Brain Training ha mejorado la salud mental de todo aquel que se ha dignado a abrir la tapa de una Nintendo DS. Pudiera ser que The Legend of Zelda sumerja a los más inocentes en un mundo de fantasías irreales. Incuestionable que sagas como Pac-Man o Jewel incrementan considerablemente la agilidad visual y manual de los que hayan probado y controlado tales sagas. Se podría continuar, como ya amenazábamos antes, hasta el infinito con listados de juegos, pero el concepto parece quedar claro.

Hay determinados aspectos que no se aprenden en una escuela, aún más teniendo en cuenta el decreciente nivel educativo de las aulas –profesorado incluido-. Otras simplemente se refuerzan con el uso de ciertos juegos. Un buen aliado para el desarrollo de la lógica puede ser El Profesor Layton, e incluso Pokémon, por aquello de conocer y manipular los elementos de los monstruos.

Sería absurdo tan sólo insinuar que la educación de un niño debe asentarse en los videojuegos. Las bases del aprendizaje tienen que ejecutarse en las escuelas a través de las distintas materias. Pero si los juegos pueden ayudar al niño a mejorar sus habilidades cognitivas, a profundizar su conocimiento en inglés… ¿Por qué denostar tan gratuitamente un producto que puede traer consigo tan amplias ventajas? Una tortilla es mejor que una cebolla frita, pero si se juntan ambas el plato resultante es exquisito.

El problema, como suele pasar en muchas ocasiones, es la falsedad colectiva. Los padres regalan a sus hijos los juegos que se les antojan sin tener en cuenta el código por edades PEGI; no controlan el tiempo de juego de los menores... Y, luego, llega el fracaso escolar. ¿La culpa? De los juegos.

Señores, ya está bien de hipocresía y aceptemos nuestros errores de cara a poderlos mejorar. No desdeñemos a estos profesores de píxeles que, en ocasiones, tantas mejorías pueden aportar.

SALVADOR BELIZÓN / REDACCIÓN

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